domingo, 18 de diciembre de 2016

JULIO URRUTY, MUSICO - MAYO 2004

No sólo el teatro, no sólo las artes plásticas, no sólo la literatura tuvieron en Quilmes figuras de trascendencia nacional, también la música y sus intérpretes. Y se me ocurre recordar (olvidando a muchos) al arpista Aspitia, a bandoneones como: Francisco Abbatantuno "Francisquín", Eliseo Pressón, Carlos Corrales (padre e hijo), Daniel Binelli, Caffiero, Tesei, Blanco, Dentaro; los pianos de: Pollak, la señora Morelli, Pedro Mergasi, la profesora Tropeano, más resientes Carlos E. Renison y Ricardo Usciatti, Enrique Premoli y Haydee Trinca; las guitarras de brillo encordado
de Traversi, de Molinari, de los hermanos Calona, de Rey; el violín de: Imirizaldu, Emilio Arbert... y toda esa juventud que se formó en la imperecedera Academia Williams que estaba en la esquina SO de Mitre y Alsina, con sus eximios maestros como Gustavo F. Rennes; y cantautores como Morales, Lacarra, Chany Suárez, Liñan...
Sé que olvido a muchos, muchos, segura e injustamente, pero aquí la entrevista es a otro grande de nuestra musicalidad, Julio Urruty, mal calificado como "la guitarra de Bernal", cuando su sonoridad traspasó esas fronteras... y que en mayo de 2004, fue entrevistado, en aquel irrepetible programa radial 'RETRATOS EN LA CIUDAD', por Cristina Oller y Ricardo Debeljuh. Hace 12 años... como es hoy.
ATHAUALPA, UN NIÑO Y LA GUITARRA

CRISTINA OLLER.- ¡Qué suene esa guitarra, maestro Urruty, hágala sonar!

JULIO URRUTY.- Estoy afinando.

C.O.: Es un gusto que lo haga en nuestros estudios.

RICARDO DEBELJUH.- Vamos a tener el placer de charlar con don Julio, y, además, de escuchar su música. A propósito, que original es esta que trajo. ¿Que tipo es?

J.U.- La primera vez que viajé a Japón fue en 1980, junto a la orquesta de Carlos García, en la cual desempeñaba distintas
funciones arriba del escenario. Estuve como solista, acompañaba a una cantante folklórica, tocaba en la orquesta. También habíamos formado un conjunto de música latinoamericana, con charango, quena, guitarra y percusión. La segunda en 1985, vuelvo con la orquesta de Pepe Basso y como director del grupo que me acompañó Allí aparece este invento de la guitarra criolla con micrófono incorporado. La vi en plena gira y la compré recién salida. Había ido con una Yamaha que había adquirido en el primer viaje; y que no tuve más opción que comprar por una desgracia inesperada. Resulta que había salido de Buenos Aires con 29 grados de temperatura, pero cuando llegamos a Tokio hacía 5 bajo cero. Eso hizo que la caja de mí guitarra argentina se arruinara. Tuve que reemplazarla. En el segundo viaje compré, además, a un luthier japonés, un único modelo de una guitarra flamenca, de madera de ciprés que da un sonido muy dulce. Cuando regresé, tuve una reunión en la casa de Falú, con Paco de Lucía, Cacho Tirao, no conocían este instrumento con micrófono incorporado. Es decir, fue el primero en entrar a nuestro país. Desde entonces la tengo y la adoro realmente.

C.O.- ¿Es la preferida?

J.U.- ¡Sí, seguro! La toco como clásica de concierto o enchufándola a un equipo amplificando su sonido. Hay que
conocerla para tocarla bien. Cuando llegué a mi casa la enchufé y sonaba chillona. Me preguntaba que había pasado si allá sonaba bien y acá no. Es que acostumbrado a la pulsación fuerte de la nuestra, para sacar el sonido, no daba en el punto. Lo que pasó es que había que tocarla muy suavemente. El instrumento no tenía la culpa, era mi inexperiencia que me hacía cometer ese error. Después nos fuimos entendiendo y así llegamos a ser novios.

C.O.- ¿Se le pone nombre a las guitarras?

J.U.- Y sí. Yo le llamo “mi vida”. Lo de los nombres viene porque en un espectáculo que hacía con Argentino Luna, teníamos que buscar un nombre para esa presentación.  Comencé a pensar que la guitarra tiene seis cuerdas, y que yo era la séptima, por lo que se me ocurrió el título “Siete destinos”. De ahí que cada presentación titulo “Siete destinos” a la misma.

R.D.- ¿Cómo fueron sus comienzos Julio?

J.U.- A los doce años mi madre me manda, aceptando lo que sugirió un gran maestro, a estudiar guitarra. Pero la historia comienza a los ocho años. En la casa donde hoy vive mi primo
hermano, en Bernal. Una casona de, aproximadamente, 1850, que perteneció a una hija de Julio Argentino Roca, casada con el conde de Marchi. En el primer barrote de hierro forjado de la escalera se conserva la sigla J.A.R. Su dueño original, en realidad, fue Bagley, el norteamericano que fundó la empresa de galletitas en Barracas, sobre la calle Montes de Oca. Tiene su parral y el viejo aljibe típico de aquella época. Una noche de verano, luego de un asado en casa, junto a ese aljibe y ante doscientas personas, tocó don Atahualpa Yupanqui. A sus pies se coloca un niño que no le saca la vista desde que comenzó hasta el final. En un momento dado dice don Atahualpa: “¿Quién es la mamá de éste chico?” Aparece mi madre y el Maestro le agrega: “Éste chico no me ha sacado los ojos de encima, le pido por favor, hágalo estudiar guitarra, va a ser un gran músico”. ¡Lo demás queda en suspenso! (risas)

Bueno, así comienza mi vida en la música. Mi madre busca un profesor e hice la carrera hasta llegar a Profesor Superior. Hice en tres años lo que tendría que haber sido en ocho. A los quince años me recibí y a partir de ese momento nunca abandoné la enseñanza. Al maestro le robó tiempo el ejecutante. Aparecieron conciertos, giras por el país, y presentaciones en el exterior.

R.D.- ¿Necesita un guitarrista del estudio, o puede ser autodidacta?

J.U.- Depende del nivel que hablemos. Acompañar con tres acordes, hacer un “punteito”, en muchas familias se ha de encontrar alguien que por gusto o por herencia familiar sabe hacerlo. Pero hablar ya de un ejecutante de categoría eso no. Nosotros, que vivimos permanentemente estudiando, nos cuesta una enormidad, y cada vez nos parece que hay mucho más para estudiar y muy poco lo que sabemos. Siempre digo que ni tres vidas me alcanzarían para tocar todo lo que hay, de la manera que se lo debe hacer. 

También se debe tener en cuenta el sentido de respeto al instrumento, la emoción que da el hecho de ejecutar. Digamos que “por oído” se la puede rebuscar, pero para tocar con nivel hay que estudiar mucho. El maestro dictamina los errores que inconscientemente el alumno produce. Un dedo mal puesto, trae como consecuencia una mala educación que se arrastra después. Porque llega al segundo nivel con errores, y se frena. Ahí es cuando deja de tocar si no tiene la base correcta.

R.D.- Suponemos que anécdotas deben haber muchas. ¿Quiere elegir alguna en especial para contarnos?

J.U.- La primera vez que viajé a Japón. Me tocó abrir la segunda parte del espectáculo como solista. En la primera había tocado en la
orquesta de Carlos García.  Luego del intervalo, tenía la orden que, cuando el telón se levantara a la altura de la rodilla, comenzara a tocar. Así lo hice. Toqué toda la pieza. Normalmente el final del tema es lo que uno trata de destacar. De esa forma, el público lo tapa con aplausos de reconocimiento al artista, por la emoción que genera en la gente. Pero en aquella oportunidad, termino el último acorde y... solo silencio. Les aseguro, en ese segundo “me congelé”. Pensé que había sido un fracaso. No sabía que pasaba, hasta que levanté la vista de la guitarra. Ahí comenzaron los aplausos esperados. Sucede que el público en Japón, hasta que el artista no levanta la vista, considera que no debe molestarlo porque supone que está en otra dimensión. Y regresa de ésta cuando levanta la vista, avisando entonces su vuelta.

C.O.- Maestro, porque ya como a Atahualpa, podemos darle ese título, para nosotros fue un honor contar con su presencia. Creo que nos vamos más ricos esta noche.

R.D.- Pero no será la última oportunidad porque debe haber miles de historias y de experiencias a lo largo de tan fructífera carrera.

J.U.- Son demasiados generosos. Soy yo que siempre debo agradecer todo lo que me da el público.
entrevista: Cristina Oller, Ricardo Debeljuh
desgrabación, Chalo Agnelli
para el libro "Retratos en la ciudad"
Fotos Rubén Delbón

martes, 25 de octubre de 2016

LEOPOLDO RUSSO DRAMATURGO (1942-2012)

Decía en una nota publicada en EL QUILMERO el jueves 8 de noviembre de 2012: "La muerte es ese trayecto democrático que en forma fortuita nos hace a todos detener la marcha. La muerte de
los seres queridos, cercanos, con quienes atravesamos la vida también nos despoja de pedazos nuestros, porciones de vida irrecuperables. Sólo la memoria y la consecuente misión de divulgar su existencia los devuelve."[1] El día anterior, 7 de noviembre de 2012, había muerto una de las personalidades de notoria trayectoria en la cultura y sobre todo en la dramaturgía  quilmeña, Leopoldo Russo, tenía 70 años.
El 6 de noviembre, del año siguiente, se le hizo un homenaje en Casa de Arte Doña Rosa organizado por Gustavo y Paula Castignola y se bautizó con su nombre una sala de esa espacio cultural, donde Leo transitó varios años de su vida artística. [2] En ese homenaje quien suscribe tuve el honor leer el poema-pensamiento-reflexión que Leopoldo le envió a sus amigos más queridos el 15 de octubre de 2008 [3] Este reportaje hecho por Cristina Oller y Ricardo Debeljuh en su programa radial "Retratos en la ciudad", en noviembre de 2003, que se halla en el libro homónimo y que aquí se transcribe aporte una nueva visión de la figura de este entrañable amigo quilmeño. (Chalo Agnelli)
¡CON EL TEATRO EN LAS VENAS!

RICARDO DEBELJUH.- Nuestro invitado de todas las noches, hoy, es Leopoldo Russo, actor, director de teatro, dramaturgo y maestro de actores. 
CRITINA OLLER.- ¡¡Nuestra personalidad de hoy!! Buenas noches, cómo estás. 
LEOPOLDO RUSSO.- Buenas noches. Gracias por la invitación y gracias por lo de personalidad. 
R.D.- Es difícil el trabajar en teatro hoy.
L.R.-  Siempre lo fue. Complicado porque hay que rebuscárselas solo, luchado con los presupuestos cuando uno trabaja de manera

independiente como hacemos nosotros. Pero la gente colabora. Siempre hay amigos que regalan cosas; que donan elementos que para ellos no sirven, pero para nosotros son diamantes. Por ejemplo un compañero iba a tirar unas planchas de telogopor muy gruesas y nosotros las transformamos en un colectivo. Eso tiene que ver con el ingenio y la creatividad. Es lindo el asombro de los chicos que recién empiezan cuando nos ven transformar objetos insólitos. Uno advierte que están aprendiendo. No sólo somos hacedores en el teatro, sino que también nos sentimos maestros. Yo lo soy, docente teatral, coordinador de talleristas. Me maravilla trabajar con los chicos que vienen a colaborar y percibo que van descubriendo que hay otros caminos. Que no todo pasa por el dinero, que mucho pasa por el ingenio, la imaginación, la creatividad.   Y aprenden a compartir. 
L.R.- Sí, por supuesto. Porque todos juntos, entre mate y mate, bizcochito y bizcochito van haciendo las cosas, preparando engrudo, pegando papelitos, pintando cosas. Aprenden que compartiendo se puede hacer de la nada algo útil. 
R. D.- ¿Cómo empezaste con esto del teatro? 
L.R.- Empecé de muy chico. Esto no lo digo para achicarme la edad. Tenía 15 años. Sabía que era mi destino. En esa época la obligación era hacer estudios secundarios y una carrera universitaria. No sé que
tan bueno soy en el teatro, pero sé que hubiera sido muy mal odontólogo. En aquellos tiempos era más difícil, porque había que enfrentar a papá y mamá. Un día les dije que la culpa la tenían ellos porque habían sido los que desde pequeño me llevaban al teatro y al cine, pero sobre todo al teatro. Eran amantes del teatro. Mi abuelo había sido actor de circo, payador. ¡Algo corría por las venas! Y mis viejos al no tener otra cosa a mano usaron la resignación y me dijeron “hacé lo que quieras”. Empecé en la primera escuela de teatro que hubo en Quilmes que fue la de Bellas Artes cuando aún no estaba en la Morel. Luego seguí con Marcelo Lavalle en el Instituto de Arte Moderno. 
El gran profesor para mí fue Santángelo. Un director del Teatro General San Martín durante muchos años con el que aprendí mucho de teatro argentino. Era un experto en grotesco y en sainete. Él me llevó de la mano en todo eso. Y otro maestro fue el director con el
que laburé durante varios años, Norberto Martín. Me dirigió en la mayor parte de las obras que hice. Allí aprendí muchísimo. Una función de teatro es mejor que diez clases, si uno sabe asimilar. Una serie de ensayo y una función ante público enseñan mucho. Después la teoría perfecciona y, a veces, en la conducción de un profesor o en la lectura de la teoría uno descubre qué cosa es lo que estaba haciendo. Lo confirmás en la teoría. Mario Marín, en el seminario que acaba de dar, decía que lo que estaba enseñando allí, lo que trataba de transmitirnos permitirá apreciar que si bien lo formalizamos de alguna manera uno ya lo venía haciendo. Es como meterlo en una cajita y agregarle el rótulo esto se llama tal cosa. ¿Sí? ¡Después, años de trabajo y años estudiando! 
Ahora, después de 4 ó 5 años de no hacer nada me puse a hacer ese seminario porque creo que es obligación. Si uno no se entrena pierde el ritmo. No se puede jugar al fútbol sin entrenamiento porque a los 5 minutos se deja la lengua afuera. Y lo mismo le pasa al actor, al
bailarín, al escritor escribiendo constantemente, al pintor ejercitando su paleta. Me siento contento de tener las ganas de seguir estudiando. Es la recomendación que les hago a los chicos que estudian teatro. 
R.D.- ¿Es necesario para un director de teatro haber sido o ser un buen actor? 
L.R.- No es necesario. Yo trabajé con directores que nunca actuaron. Por ejemplo el caso de Marcelo Lavalle, fue director y Santángelo lo mismo, uno de los grandes directores que tuvimos en la Argentina, sin embargo como actores nunca fueron descollantes. Hicieron intervenciones menores en cine. De Santángelo recuerdo: “Fin de fiesta”, “La película”.  Creo que en el fondo no les interesaba la actuación porque puestos en el trabajo de dirigir eran una maravilla. La sabían todas. Ellos venían  de lo que fue el gran movimiento del teatro independiente aquí en la Argentina: Alejandra Boero, Pedro Asquini, Ricardo Passano, padre, fundador de “La Máscara”,
Gandolfo, Alesso, Alberto Ure. Hoy están mucho más dispersos. En esa época estaban todos muy unidos. El curso que hice con Santángelo fue en un lugar que se llamaba “Fundación para el estudio de las artes”, donde los profesores eran, además de Santágelo, Guillermo de la Torre en escenografía, Milagros de la Vega en actuación, Carlos Gorostiza, en dramatización, ¡Figurones!
Cuando conocí esos nombres creí que no podía costeármelo, que debía ser como ir a Mónaco. Sin embargo, para aquella época, treinta años atrás, uno con un sueldito de empleado se podía pagar el curso. Creo que hoy a los que intentan hacer eso les resulta más difícil. 
R.D.- ¿Por eso, no crees que la situación económica colaboró con la dispersión de los personajes que se destacan en ese rubro en la actualidad? 
L.R.- Por supuesto. Todos estos procesos que hemos vivido han llevado a un individualismo impuesto desde afuera, para salvar la olla. Cualquiera - hasta yo mismo - se arma el quiosquito. Tengo un
espacio, entonces instalo un taller de teatro para poder trabajar. En mi caso tengo la suerte de trabajar para los Talleres Barriales de la Municipalidad de Quilmes, entonces estoy contratado por ellos, pero, de otro modo, tendría que trabajar de otras cosas, que es lo que hice siempre, pero que en este momento me están vedadas. Los lugares donde yo trabajé ya no existen. Mi especialidad prácticamente está en manos de gente muy joven. Entonces me sería difícil, tampoco quiero. Para nada. Prefiero la tranquilidad del trabajo que me gusta con la alcancía menos llena.
C.O.- Vamos a la música que le gusta a Leopoldo Russo. “La Masa”, de y por Silvio Rodríguez.
......................... 
C.O.- Seguimos en “Retratos en la ciudad” indagando en esta personalidad que nos acompaña Leopoldo Russo director de teatro. 
R.D.- Leopoldo, la pregunta es la siguiente: ¿Cuáles son los directores y actores argentinos que preferís? 
L.R. - Hay una raza de directores que vienen de otras generaciones como Gandolfo, Augusto Fernández, el mismo Alesso, que son fundacionales de los nuevos; que no sólo se dedican a sus puestas en escena sino que, además, son investigadores de teatro como el caso
de Ricardo Bartis, Daniel Veronese, Alejando Tantilian, Rubén Pires, a quien conozco y que es un tipo que ha hecho puestas en el Cervantes, en el San Martín, es un estudioso del teatro. Y en cuanto actores: el eterno Alfredo Alcón, a quien siempre le saco el sombrero cuando lo veo; actuales Darío Grandinetti, Miguel Ángel Sola, que le hace honor a su apellido, el de la familia Vehil, capaz de desdoblarse en personajes como los de “Casa de Fuego”, “Asesinato en el Senado de la Nación” donde interpreta esa rata de albañal que compone magistralmente; también Leonardo Sbaraglia; de las chicas: Leticia Brediche, Victoria Oneto. 
R.D.- ¿Qué me decís si te digo “Stéfano”? 
L.R.- ¡Ah, bueno! Me hace recordar muchas cosas buenas y muchas malas. Las buenas es que fue una obra que acaricié durante mucho tiempo hasta que por fin logré hacerla. Fue en el ochenta y algo, con la Comedia Municipal de Quilmes, la actuación importantísima del que era protagonista en ese momento y el resto del elenco que lo
acompañaba. Creo que es una de las mejores obras del grotesco; un género auténticamente argentino. Que si bien tiene raíces por Italia es típicamente argentino y  específicamente creado por Armando Discépolo que es el autor de Stefano. El año pasado se dio en el Cervantes. Lo hizo Luis Brandoni, que es un actor que me gusta pero tengo otra imagen de Stéfano que no es precisamente la de Brandoni. Sí la vi con José Slavin. Algunos prejuicios uno tiene. Es una obra que necesita una poética muy especial. Es una tragedia nuestra muy lírica de modo que se necesita un actor que pueda dar con una cuerda muy definida y a él no se la veía. Después me arrepentí porque hay gente que la vio y me dijo que estuvo espléndido su trabajo.
Y lo malo fue que durante los ensayos de Stéfano me agarré una hepatitis y estuve cuatro meses en cama. Fue terrible porque se atrasó todo y no creo que haya podido darle a la obra todo lo que hubiera querido. Me quedó en carpeta. 
R.D.- Y hablando de carpeta que obra te gustaría poner. 
L.R.- ¡Tanto! Tuve el gusto de hacer en 1971, “Romeo y Julieta” dirigido por Norberto Martín, lógicamente no podría hacer hoy el Romeo, como verán, pero es un proyecto que acaricio, juntar una banda de gente muy joven en una versión muy libre, distinta, respetando el texto original pero agiornada. Shakespeare abarca todo en teatro. Todo lo que necesiten de teatro búsquenlo en Shakespeare que lo van a encontrar. Es un texto magnífico que a los chicos les despertaría muchas cosas. Es uno de mis tantos. 
R.D.- ¿Recordás “El Zoo de Cristal”? 
L.R.- ¡¡Sí!! Lo hice en la Colón de Quilmes, dirigido por Hugo Molina, fue una de sus primeras obras. Y tuve el gusto de hacer un personaje hermoso, el Tom, el hermano... 
C.O.- Hugo Molina inauguró nuestro ciclo. 
R.D.- Hablame sobre esta gacetilla que nos trajiste del 'Generador'; ya no 'La Usina'. 
L.R.- El 'Generador' va a remplazar el otro nombre que tenía este espacio de cultura donde colaboré, allí en Saavedra 132, entre San Martín y Moreno, y con este nuevo nombre, pronto vamos a estrenar “Desde la lona” de Mauricio Kartún. Para nosotros Kartún es un muy querido autor actual. Nuestro elenco se llama “El Partener”
justamente porque la primera obra que hicimos fue esa, “El Partener” de Kartún. Él nos abrió puertas. Mauricio en una oportunidad me regaló el libro “Desde la lona” y de cabeza lo hicimos. Primero con muy pocas funciones en lo que era “El Galpón de la Comedia”, aquí cerca, en Tucumán y Vicente López. Y como no la vio mucha gente decidimos con el mismo elenco del 99 reponerla. Es bellísima, entretenida, que pasa del humor a la crueldad y que habla de la esperanza. Es un grotesco también.    R.D. - Agradecidos Russo por tu visita, te despedimos. 
C.O.- Y nos tendrás de público en “Desde la lona”. 
L.R.- La disfrutarán. Les agradezco a ustedes pues me gusta mucho la radio. Y en esta tuve un programa una vez. 
 Festejos de los 50 años de teatro en Casa de Arte Doña Rosa.
COLOFÓN DE VIDA
El 13 de noviembre de 2013, otro grande de nuestra tradición y nuestra cultura, ya ausente, escribió en EL QUILMERO: "Estimadísimo Chalo. Te quiero felicitar por el excelente artículo sobre Leopoldo Russo en EL QUILMERO. Que cariño y que pasión en ese homenaje. No se de quién fue la idea de recrear su escritorio. Pero es una de las cosas mas finas, de buen gusto, reverenciales y de un alto nivel cultural. Es el hombre que trasciende los objetos y aún sigue viviendo en ese espacio, pues todo era Él y el espacio vacío era una ausencia apenas temporal. Gracias Amigo". Alejandro Re  
 Entrevista para el programa radial
"Retratos en la ciudad" de Cristina Oller y Ricardo Debeljuh
desgrabación y argumentación, Chalo Agnelli

NOTAS

[1] Ver en EL QUILMERO del jueves, 8 de noviembre de 2012, LEOPOLDO RUSSO - BIOGRAFÍA DE UN SIGLO DE TEATRO + REPORTAJE INVOLUNTARIO.

http://elquilmero.blogspot.com.ar/2012/11/biografia-de-un-siglo-de-teatro.html/ 

[2] Ver en EL QUILMERO del miércoles, 6 de noviembre de 2013, "TRIBUTO" - LEOPOLDO RUSSO 12 DE NOVIEMBRE 2013

[3] Ve en EL QUILMERO del miércoles, 13 de noviembre de 2013, LEOPOLDO RUSSO - TRIBUTO EN CASA DE ARTE DOÑA ROSA (12/11/2013) 


 

 

viernes, 15 de julio de 2016

NÉSTOR ARIAS, LIBRERO, EDITOR Y AUTOR - JUNIO 2003

¿Qué harían los autores para que se conozca su obra, sin los editores y los libreros? ¡Qué conjunción perfecta cuando un autor se extiende en editor y librero! Ya pasaron 16 años de esta nota de absoluta vigencia.
 En su libro "Memorias de un librero", [1] Héctor Yánover
(1929-2003) dice de los libreros: "La mercancía que vende se ha metido tanto en su vida que le es difícil separarlas. Crecido entre libros, respiro polvo de libros, veo libros en todos los horizontes; tanto que a veces me oigo decir: tal objeto está en el colofón, para indicar la parte trasera de mi casa, o confundo el 'living' con el prólogo. La librería no está donde está, sino dentro de mí".
No sé si a Néstor Arias le sucede lo mismo, pero se lo puede imaginar...

RICARDO DEBELJUH.- Y recibimos en la fecha a nuestro invitado el señor Néstor Arias, librero, propietario de un rincón tradicional y obligado para los amantes de los libros en Quilmes, “El Monje”.

NÉSTOR ARIAS.- Muchas gracias por la invitación, pero ustedes ¿están convencidos que del otro lado hay alguien que quiera escucharme?

CRISTINA OLLER.- Por supuesto, damos fe. Por tus méritos que puede ser que alguien no los conozca y es la oportunidad. ¿Qué estamos haciendo por estos días?

N.A.- En la librería iniciamos un contacto de  autores nacionales con el público quilmeño. El 24 de mayo fue el último con Antonio Dal Masseto y tenemos programado en julio a David Viñas.

R.D.- ¿Cómo ves al argentino hoy  con respecto a cultura y a la literatura?

N.A.-  La feria puede ser un termómetro que indica el interés por la
lectura. El año pasado hubo mucha concurrencia, pero no las ventas esperadas. Este año se cumplieron las expectativas de los expositores. Ahora, en cuanto a mí librería, en una ciudad pobre como Quilmes, noté un incremento en las ventas. El libro siempre está en las expectativas de la gente, pero no es una prioridad para todos. Hay otras como la alimentación, la salud. Esta geografía que habitamos tiene dificultades en esos rubros y en muchos otros básicos. El libro se puede postergar Pero noté un incremento superior al año pasado. Y sobre todo en estos días como que crece una confianza en el futuro.

R.D.- Se suele decir que en época de crisis se nota un incremento en los juegos de azar, pero también se nota un crecimiento en la cosa artística y cultural. Aún en esta ciudad empobrecida que tenemos.

N.A.- Camino a la librería paso todos los días por un local con máquinas de jueguitos electrónicos y voy a la biblioteca, pero veo más jóvenes enfrascados frente a esos juegos que en la biblioteca. Y me hago esta pregunta: ¿Qué país puede surgir de esta actividad de jugar con estas máquinas? El escritor Dal Masseto decía que aprendió el español en la biblioteca popular del pueblo, Salto. Eso marcaba una intencionalidad del país, de integrar a la gente de otro modo. Hoy hay más gimnasios, solariums y casa de máquinas electrónicas que bibliotecas populares. La respuesta está a la vista.

R.D.- Coincido. Pero por otro lado hay muchos intentos de revertir eso en actividades, grupos, centros culturales de todo tipo.

C.O.- Hablanos de la frase que acuñaste:Leer es mejor

N.A.- Con la gente de la librería estábamos buscando una frase para colocar en un señalador. Y dimos con una que decía Leer es bueno, leer libros es mejor”, entonces sintetizamos en “Leer es mejor”.

R.D.- Vos que estás tan emparentado con la literatura y los libros ¿Por qué no escribir y darlo a conocer?

N.A.- Escribir escribo. Darlo a conocer es otro proceso. Borges decía: Escribir se escribe siempre”. Un escritor escribe siempre, ahora no sé si es escritor quién tiene obra publicada o quien escribe todos los días. Soy un escritor dominical. Me preocupan lugares de Quilmes, ciertos hábitos, ciertas geografías y cierta gente que ya no está. En algún momento lo registraré, porque cuando no esté nadie se acordará de esa gente. En “De senectute” un libro de un filósofo italiano  contaba que había nacido a principios de siglo en un pueblo al norte de Italia donde vivía con sus padres, abuelos, un par de hermanos mayores y después de él nació una nena que murió al año. Luego murieron sus abuelos, sus padres, sus hermanos. Pero él siempre recordaba a esa nena porque estaba convencido que cuando él muriera nadie la recordaría. Creo que me pasa lo mismo. Desde adolescente, registré lugares, bares, modas y hoy me preocupo en darles la mejor forma posible y la más verosímil que pueda. Ahora, la publicación es otra cosa.

R.D.- ¿Se puede escribir un libro sin ser escritor?

N.A.- El primer libro lo escribe la gente que no es escritor. A partir de allí nace el escritor. Creo que sí.

C.O.- También tenés una faceta de editor.

N.A.- Todo empieza con el libro de Juan Carlos LombánNueva Historia de Quilmes”. Un día me invita a una casa quinta que tenía
Dos libreros: Miguel A. Morelli de Ramos y Arias de El Monje
entre Varela y Berazategui y salimos a dar una caminata y me dice: “Estos ombúes los hizo plantar Sarmiento. Mirá las dimensiones que tienen. Estos otros árboles los trajo Pueyrredón...” Entonces le pregunté dónde estaba registrado eso. Y él me respondió que eran cosas que él recordaba por memoria oral. Entonces le propuse que lo escribiera que yo me ocupaba de la edición. Y a los dos años presentamos el libro del cual ya se agotaron dos ediciones. Luego dimos con don Felipe Firpo, director de la Biblioteca Estrada que tenía apuntes de la historia de Bernal. Recuerdo que nos encontramos durante los fogones - una actividad hermosísima que tiene Bernal – y le pedí que si le daba orden yo se la publicaba. Luego fue Gullota. Lo de Firpo fueron anécdotas sueltas. El libro de Lombán, dado que él es historiador, tiene metodología y lo de Gullota es un estudio exhaustivo de sumo rigor. Son tres historias cálidas. Y nos ha gustado mucho sentirnos editores de la historia de nuestra ciudad. Y andamos detrás de la historia de La Ribera de Quilmes que concretaremos el año próximo.

C.O.- ¿Cuáles son tus vínculos con Raúl González Tuñón?

N.A.- Tuñón no sólo era un gran poeta sino un tipo de una integridad absoluta. Muy querible. Fue el único autor argentino al que un grupo de autores lo propuso para el premio nacional postmortem. Insólito. Espero que no se lo den. Yo tenía un programa de  radio y lo abría, es decir, la cortina era “Juancito caminador” cantado por Mercedes Sosa. Es algo que sigo usando cuando se hace alguna actividad en la librería la abro con unos versos de “La calle del agujero en la media”, que dicen: “Conoce usted paisajes pintados en los vidrios y muñecas de trapo con alegres bonetes y soldaditos juntos marchando en la mañana y carros de verduras con colores alegres...” Y luego saludo al público y pasamos a lo que hay que hacer. Es una manera de traer la poesía a todo acto de la vida, que está relegada y mal tratada.

C.O.- Y siempre hay poetas en la vidriera. Así encontré a Boccanera a Santoro, que en otras librerías no se encuentran tan fácilmente.

N.A.- Una vez Luis Luchi un poeta argentino, obligado al exilio, daba un recital en un bar de la calle Alsina esquina Brown. No había poetas, no había escritores, nadie a saludarlo. A mí me extrañó mucho. Luego volvió a España y murió en el 2000. Y hace tres o cuatro semanas en un bar de la calle Uruguay un poeta uruguayo vino a dar un recital. Había diez personas. Podemos creer que faltó difusión, también sospechar de los méritos del autor; sin embargo, este poeta uruguayo tenía una intensidad notable en su poesía amorosa, como hace muchos años que no escucho ni leo. Excelente. De modo que imagino si realmente se quiere preservar y ayudar para que este tipo de actividades se siga llevando adelante.  

R.D.- ¿Qué poetas y escritores nacionales hay que mencionar para  que una persona comience a desandar la poesía?

N.A.- Tuñón, ya lo nombramos. Gelman es insoslayable viene recorriendo un camino infinito desde sus primeros libros “El juego en que andamos”, “Gotán”, hasta las últimas obras. Después habría que rever la poesía de otras épocas como la narrativa. “El matadero” es una de las obras fundacionales de la literatura argentina. Con unas descripciones de la violencia incomparables. Y toda la literatura del siglo XIX y hasta los años 40 me parece fundamental. No se debe dejar de leerla acuciados por las novedades. Son obras que han resistido el tiempo. No sé si todo lo que se publica hoy resistirá el tiempo.

CO. - Cuando decimos “El Matadero” decimos Esteban Echeverría que no es únicamente un nombre de calle. Sería bueno que nuestros pibes supieran de la persona cuyos nombres llevan las calles que tenemos frente a la puerta de nuestras casas. Y sería bueno bajar los nombres de algunos generales que andan usurpando por allí.
N.A. – Nosotros el 14 de febrero, le sacamos el nombre a la placita de Conesa, que lleva el nombre de un represor, coronel Ramón N. Falcón y le pusimos “Plaza de los Desaparecidos - Hugo Oscar Sánchez”, poeta desaparecido el 14 de febrero de 1978. Ahora estamos procurando las firmas necesarias para hacer el cambio por ordenanza.

R.D.- ¿Y autores extranjeros...?

N.A.- Todo Lorca, Miguel Hernández, César Vallejos, Blas de Otero. En la literatura de lengua inglesa marcaría Hemingway, Faulkner, Scott Fitzgerald. Latinoamericanos, Vargas Llosa, por lo menos hasta los años 80. Y el mejor consejo que puedo dar es que visiten a los libreros de su barrio así no cargo con tantas responsabilidades.

C.O.- Más asesoramiento, Alsina 285 en persona. Para cumplir con una consigna que acuñé  “Apagá la tele, encendé un libro”. Muchas gracias Néstor. 
 Entrega de premios del concurso literario "Doña Rosa": (De izq. a der.) Gustavo Castignola, Chalo Agnelli, Néstor Arias y el poeta Marcelo Marcolín (2005)
 *** *** ***
Y prosigue Yánover: "Un librero es un hombre que cuando descansa lee; cuando lee, lee catálogos de libros; cuando pasea, se divierte frente a las vidrieras de otras librerías, cuando va a otra ciudad, otros país, visita libreros y editores."
Entrevista Cristina Oller y Ricardo Debeljuh
Desgrabación y compaginación Chalo Agnelli
NOTA
[1] Ed Planeta, 1997.
FUENTE
Agnelli - Debeljuh. "Retratos en la Ciudad" Ed. Jarmat, 2006